SINDICALISMO MEXICANO Y ¿JUSTICIA LABORAL?

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Jesús Cuamatzi (Tlaxcala, Tlax., 24 de agosto de 2017) Guadalupe es madre de familia y tiene 15 años trabajando en una fábrica de dulces. Ganando el salario mínimo, ella junto con su esposo -que es albañil- logra sostener los estudios de sus dos hijos.

Diariamente se levanta a las 05:00 a.m. para preparar el desayuno, asearse y salir corriendo para llegar puntualmente a las 07:00 a.m. a su trabajo. Junto con sus compañeras de trabajo ríe y platica para hacer que el tiempo pase rápidamente y se acabe la jornada de trabajo.

Sale a las 16:00 p.m.  y  regresa rápidamente a su casa para preparar la comida, lavar la ropa, planchar, asear su casa y revisar las tareas de sus hijos. Esa ha sido su  rutina por muchos años y la cumple con esmero para sacar adelante a su familia.

En la fábrica donde labora seis días a la semana, ella junto con sus compañeras de trabajo desean cambiar de sindicato, porque nunca han sentido que su dirigente gremial realmente las defienda y busque mejorar las condiciones de trabajo y salariales.

Una fiesta de fin de año con carnitas, refrescos y un grupo para bailar es lo único que reciben de su “líder”. Un discurso con deseos de feliz navidad y prospero año nuevo es el ritual con que cierran el año.

Por fin, tras muchos años de soportar esa ofensiva simulación, Guadalupe y sus compañeras logran contactar a otro sindicato que les promete defenderlas, mejorar sus salarios y lograr un trato digno por parte de los supervisores de la fabrica.

Se arman de valor y le manifiestan a su todavía dirigente sindical, su deseos de cambiar de representante y al mismo tiempo lo hacen saber a la empresa. Se arma todo un alboroto en la fábrica y las llaman “grilleras” y “problemáticas” para finalmente fijar una fecha en la que deberán decidir mediante su “voto” la continuidad o cambio de su sindicato.

Es un día tenso, a la entrada de la fábrica hay mujeres y hombres de apariencia hostil que llevan palos y les observan de manera amenazante; el momento de la votación ha llegado y ante la burocracia laboral, los dos sindicatos y los dueños de la empresa , les piden a las trabajadoras que levantando la mano públicamente, se manifiesten las que estén en contra del sindicato.

Todas se observan con extrañeza y titubean en levantar la mano, el miedo se impone y solo Guadalupe y otras dos de sus compañeras de trabajo se atreven a levantar la mano. La burocracia del estado ahí presente manifiesta “dado que solo una minoría se pronuncia en contra del sindicato se ratifica su permanencia”.

Todo es silencio y confusión, lagrimas de impotencia y rabia ante una elección en donde la intimidación se impone y no la voluntad de las trabajadoras. Han transcurrido 12 años y ella narra su experiencia con impotencia y coraje.  

La historia de Guadalupe es como la de miles de mujeres y hombres que han sufrido el autoritarismo del sindicalismo mexicano. La violencia y la intimidación son practicas comunes en estas estructuras que han logrado imponerse y vencer los esfuerzos democratizadores en México. A diferencia de los institutos electorales y los partidos políticos, los líderes sindicales han sabido adaptarse a las nuevas reglas del poder. El corporativismo mexicano ha sido una estructura que electoralmente ha sabido venderse.

En la clase política mexicana los dirigentes sindicales han sabido posicionarse y obtener poder y riqueza. Muchos de ellos han sido gobernadores, senadores, diputados federales, presidentes municipales, diputados locales, presidentes de agrupaciones políticas nacionales y dirigentes de partidos políticos. La moneda de cambio que han sabido utilizar es la representación de los cientos o miles de trabajador que aglutinan. Ante la intimidación y el riesgo de perder su empleo miles de trabajadores han terminado cediendo a las presiones de sus pseudo líderes y han orientado sus preferencias electorales hacia donde ellos les indican.

Sin embargo, la reforma laboral aprobada en febrero pasado por parte de la cámara de diputados que modifica los artículos 107 y 123 de nuestra Carta Magna contiene dos elementos que podrían comenzar a debilitar el autoritarismo  de los sindicatos.

El primero radica en considerar que una huelga será ilícita cuando exista violencia contra las personas o las propiedades. Con esto muchos lideres deberán pensar muy bien en ejercer las prácticas de intimidación y agresiones a las que están acostumbrados.

El segundo se encuentra en el derecho de los trabajadores a ejercer su voto de forma personal, libre y secreto para resolver los conflictos entre sindicatos, la elección de dirigentes o la solicitud de celebración de un contrato colectivo de trabajo.

La reforma señala que bajo estos principios los sindicatos deberán modificar sus estatutos y que tiene el derecho de diseñar diferentes modalidades procedimentales para sus procesos de elección.

Esta parte de la reforma deberá ser observada con mucho cuidado para que los dirigentes sindicales no busquen mecanismos que les permitan continuar soslayando los derechos de los trabajadores.

Considerando que las reformas electorales que han democratiza a los partidos políticos y construido las instituciones electorales que hoy tenemos, tienen  su punto más importante en la elección de 2000 en la que gana Vicente Fox, podemos decir que este derecho de los trabajadores llega con más de 15 años de retraso.

Es una reforma cuyo espíritu no se concentra en la democratización de los sindicatos, pero estas dos variables son las primeras columnas que podrían comenzar a democratizar a estas organizaciones llenas de opacidad, abusos y en muchas ocasiones violencia.

Esta reforma ha sido analizada y comentada por abogados, intelectuales, funcionarios públicos y lideres sindicales, quienes han vertido posiciones encontradas sobre los alcances y expectativas de esta reforma constitucional en materia laboral.

Ahora es necesario que obreras como Guadalupe sean también escuchadas y puedan pronunciarse sobre esta reforma en materia de justicia laboral. Desafortunadamente es desconocida por la clase trabajadora y con ello sus derechos seguirán siendo vulnerados.

Este tipo de modificaciones al texto constitucional deben resonar más allá de las aulas académicas o de la tribuna de la Cámara de Diputados, en caso contrario solo serán discursos demagógicos y simulación política. Guadalupe y millones de trabajadores merecen un trato digno, una representación justa y el respeto absoluto a sus derechos laborales.

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